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México aplicará los aranceles más bajos y ofrecerá los mayores incentivos fiscales

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El gobierno de México ha implementado un plan para establecer al país como un destino destacado para la inversión del exterior. Esta iniciativa combina tarifas reducidas con incentivos fiscales excepcionales. La propuesta fue introducida durante la firma del acuerdo para el nuevo Polo de Desarrollo para el Bienestar, localizado en Celaya, Guanajuato, reconocido como esencial para impulsar el crecimiento industrial y logístico.

Según el secretario de Economía, México ofrecerá actualmente la tasa efectiva de arancel más baja del mundo: apenas un 6.5% promedio en sus exportaciones, cifra incluso inferior a la observada en economías desarrolladas como Japón, Alemania o Corea del Sur. Además, el país y China fueron los únicos beneficiados con una prórroga de 90 días para negociar los nuevos aranceles impuestos por Estados Unidos, lo que representa una ventaja estratégica en términos comerciales.

En relación con los beneficios fiscales, el reciente marco permite que las compañías que se establezcan en las zonas de desarrollo puedan deducir completamente sus activos fijos en las inversiones que realicen. Asimismo, se ofrecen deducciones adicionales: un 25% por los costos asociados a la capacitación y la educación dual, y un 25% adicional relacionado con la inversión en tecnología innovadora. También, los gobiernos tanto estatales como locales tendrán la posibilidad de proporcionar incentivos adicionales, aunque esos pormenores aún están por definirse.

El Polo de Celaya se distingue igualmente por sus beneficios logísticos. Operará como un «puerto seco» multimodal, enlazando directamente con el sistema ferroviario y carreteras de alcance internacional, además de estar cerca de los puertos marítimos más importantes del país. Este punto se integra en una red de 15 polos planificados en áreas estratégicas, con el fin de fomentar la diversificación económica y robustecer la infraestructura local.

Esta normativa también se incorpora a lo que el gobierno ha llamado «Plan México», una estrategia más amplia para posicionar al país entre las principales potencias económicas del mundo. Este plan incluye medidas fiscales como el «Decreto de incentivos», con un tope de 30 mil millones de pesos destinados a promover activos fijos (28.500 millones), y capacitación e innovación (1.500 millones). Los sectores favorecidos abarcan energía, hidrocarburos, construcción, transporte ferroviario y electromovilidad, todos con tasas de deducción que varían entre el 41% hasta el 86%, según el sector y el periodo.

La jugada mexicana también responde al entorno global, marcado por una guerra comercial entre Estados Unidos y sus vecinos. México, gracias al Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), se ha mantenido en una posición de preferencia comercial, al evitar nuevos aranceles que sí afectaron a otros países como los miembros de la Unión Europea o China. Esto ha permitido mantener sin interrupciones la llegada de capitales, además de fortalecer la recuperación del peso y atraer inversiones por su competitividad arancelaria y tributaria.

Algunos economistas advirtieron la necesidad de acompañar estos estímulos con mejoras estructurales en infraestructura y servicios públicos. Aunque los incentivos fiscales son atractivos, su efectividad dependerá también de contar con energía confiable, comunicaciones eficaces y una regulación clara que garantice certeza jurídica para los inversionistas.

Sin embargo, este plan muestra una perspectiva anticipada del gobierno para impulsar el traslado de cadenas productivas desde Asia a América del Norte. México intenta capitalizar su ubicación geográfica, su integración en la cadena de suministro con Estados Unidos y el contexto de libre comercio para captar más inversión en producción, investigación y desarrollo.

En definitiva, la política combinada de aranceles reducidos e incentivos fiscales ambiciosos coloca a México en una posición altamente competitiva. La apuesta es clara: incentivar las inversiones, dinamizar la industria y consolidar su rol como aliado estratégico en la economía regional del siglo XXI. El éxito de esta iniciativa dependerá, sin embargo, de mantener la estabilidad política, el impulso de infraestructura y una visión de mediano plazo que sustente las ventajas creadas.

Por Lourdes Solórzano Hinojosa